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sábado, 27 de junio de 2020

Clark, periodista


SUELO RECORDAR ESTA FECHA tradicionalmente, como testimonio de que me siento orgulloso de mi oficio. Hace cuatro años escribía -y viene a cuento, por la campaña del Colegio Nacional de Periodistas, de este annus horribilis: “Siempre digo, en tono más bien jovial, que Clark Kent es mi superhéroe favorito: imaginen por un momento los esfuerzos que este correcto señor tiene que hacer para mantener a buen resguardo al voluntarioso superhombre (¿übermensch? ¿Es correcto en alemán?); y así poder ejercer con dignidad su oficio, el de saber para hacer saber, para dar qué pensar y para poder ayudar a decidir a cada quien, de tal modo que los intereses particulares se armonicen en el interés común.”
   Sigo creyendo que el joven Clark es el verdadero héroe: el tipo empático pero valiente, que decide consagrar sus mejores esfuerzos a buscar la verdad, decirla y defender el derecho que todos tienen a saberla; el tipo responsable, atento a los detalles, que dedica lo mejor de su ciencia a construir sentido común; el intelectual público que confronta al poder en nombre de ciudadanos como él, para garantizar la igualdad de todos ante la ley, principio fundamental de la democracia doquiera se practique.
   Al joven Clark le toca vérselas con villanos más complejos que los que su superhombre interior suele confrontar; podemos verlo romper lanzas contra corporaciones delictivas de escala global, contra burócratas incrustados en la administración pública en el nivel nacional o multilateral, contra jueces que prevarican la justicia, contra militares que no defienden la soberanía del estado nacional, contra lobbies y claques que imponen la dominación, la censura, mermando a las gentes su poder. También podemos verlo revelando lo que pasa, contrastando las versiones, dando puntos de vista para considerar los hechos y que cada quien saque sus conclusiones; a veces los sentimientos le hacen jugarretas y entonces se indigna, se entristece o se frustra; a veces deja de apostar por la big picture y se empecina con su versión, pero no podemos enojarnos con él, porque salvo que lo esté haciendo en favor del lobby y para el aplauso de la claque (en cuyo caso no estaría haciendo periodismo sino propaganda), allí Superman gana la partida, pero Superman puede ser Bizarro, Clark no.
   Cuando Clark madura, tiene experiencia y conocimiento qué compartir con los más jóvenes, entonces cae en cuenta que el periodismo es una forma de pensar y que sirve para mucho, pues las cuatro cosas que aprendió a hacer muy bien: leer, escribir (u operar un lenguaje) hacer preguntas y pensar, ayudan a sacar adelante proyectos de diferente naturaleza; que un proyecto responde a dos preguntas básicas: qué y cómo, mientras que una noticia responde cinco y es una suerte de recurso mnemotécnico que permite hacer comprensiones aceleradas de los hechos, sus actores y su contexto; comprensiones que se enriquecen con el manejo de los sesgos cognitivos. Para esa época, Clark ya ha desarrollado un superpoder propio: la capacidad de saber cómo piensa la gente, de anticiparse, de jugar magistralmente ajedrez, boxeo de sombras, incluso dominó…
   Por eso, los socialismos burocráticos en modo dictadura del proletariado, las tecnocracias nacionalistas, los fundamentalismos religiosos, los populismos, los supremacismos de cualquier pelambre, los conservadurismos rancios, los racismos incultos… Todas las formas de la exclusión que hacen vida en las poliarquías eficientes tienen a Clark en la mira, en listas de indeseables, candidato a ser Winston Smith en el enojo del Ministerio de la Verdad, en Oceanía. Clark lo sabe, por eso tiene que ser inteligente y saber moverse dentro y fuera de lo políticamente correcto, porque el sentido común lo puede haber malo, hecho de propaganda, de posverdad, de escándalos, de prejuicios y estereotipos, de fake news dedicadas, publicadas en redes sociales o medios masivos; o bueno, hecho de argumentos, buenas historias, contextos informados e ironías que cuestionan el léxico de la tribu, para evitar que éste (el sentido común) se nos vuelva pensamiento único.
   A Clark, en estos tiempos de pandemia y de profunda crisis, le toca reinventarse y reinventar el mundo, pero no lo hará solo: conectará con muchos que, como él, están superando las tragedias de sus propios superhéroes y están bien dispuestos a solidarizarse, a confiar, a avanzar.
   (Dedicado a mis queridos alumnos de TFC periodismo, los jóvenes Clark,
 en el día en que rompo silencio)

viernes, 30 de enero de 2015

Olga


Olga Dragnic. Tomada del blog de John Lindarte
CORRÍA EL AÑO MAYOR de 1989. El 27 de febrero, hubo una batalla campal en Puerta Tamanaco (Plaza Venezuela) que inicio a las 5 pm y no terminó sino hasta pasadas las 8. Justo antes de comenzar, me encontré con Olga camino a una clase que nunca se dio: nadie pudo entrar, nadie pudo salir. Era el corolario de un día muy bizarro, que hundió sus secuelas en el futuro y del que ya hacen 25 años.

Yo hacía pasantías en la Dirección de Comunicaciones de la Universidad. Apenas sabía hacer lo básico: unas noticias y unas reseñas que Olga me había enseñado a componer el semestre anterior, y que me costaron muchísimo, porque no entendía en razón de qué había que hacer economía de la información, ahorrarse adjetivos y escribir del modo más sencillo posible. “Esta técnica es un zapato chino” me decía, “es para aprender y luego olvidar”, no fue sino después que descubrí que los reporteros de radio la tienen como estructura mental para organizar la información, cuando descubrí algo que siempre le digo a mis muchachos: el periodismo no es una forma de escribir, es una forma de pensar.

Olga nos ponía a reflexionar, siempre, sobre la incidencia de nuestro oficio en la construcción de la sociedad. Unía –crítica mediante- los saberes heredados de la escuela de Chicago (Frazer Bond, Berelson, et allia), con los enfoques de la teoría crítica o el marxismo crítico. Con ella leí a Althusser, a Luckacs,  y a otros pensadores del entonces segundo mundo. Con ella aprendí que el periodista es un intelectual público y que no hay oficio más político que este.

Con Olga siempre tuve debate intelectual. Exigente, crítica, pero a la vez canónica, clásica, fueron buenas las conversas sobre postestructuralismo, postmodernidad, filosofía, ética y estética, entre otros muchos temas, que me nutrieron y contribuyeron a que yo aprendiera a conocer por la diferencia, saber que nace de una vocación: la de construir sentido común, que es, lo digo siempre a mis alumnos, a lo que nos dedicamos.

Olga había cubierto cultura y había conocido a Sofía Imber, la respetaba aun a  pesar de sus diferencias ideológicas. Comunista convicta y confesa, viuda de Federico Álvarez, puedo dar fe de que se mantuvo siempre amiga de sus amigos, aun a pesar de la división política en el país. De hecho, fueron Olga y Federico quienes mejor me hicieron comprender que un comunista de verdad vive en una suerte de “espiritualidad atea” que resulta paradójica, pero que nos ilustra en la idea de que las ideologías son credos de la razón.

Apoyaba al proceso, mediante argumentos que pude comprender, pero no aceptar. Una vez saliendo del IPP me la conseguí, y ella comentó, con nostalgia:

-- Yo no comprendo cómo puede haber amigos nuestros, gente seria y bien formada, que apoyen esto (se refería a la oposición)
-- Eso mismo –dije- nos preguntamos nosotros, de ti (me refería al proceso).

La verdad, esa fue la primera y última vez que tocamos el tema de forma tan explícita.

La última vez que la vi fue para el aniversario 35 de la revista Comunicación, cuando presentamos el libro Prácticas y Travesías de la Comunicación en América latina. Yo la invité, le dije que me encantaría verla. Y ella fue, me escuchó -no sin disgusto- leer una carta de Tulio Hernández en salutación por el aniversario, donde lanzaba algunas andanadas al régimen. Al terminar la presentación se me acercó, me dio un abrazo y me dijo “bueno, ya vine y ya me voy.” Le agradecí, de veras, pues puso a un lado sus reservas y sus diferencias y fue a celebrar un logro importante con un antiguo alumno,  ¿qué podía valer en ese instante, más que eso? Lamenté mucho no verla en las Jornadas de Periodismo Interpretativo Federico Álvarez, que hizo la Escuela de la central en julio de 2012, porque hubiera podido retribuirle su gesto, con todo el afecto y la admiración que me mereció siempre. Recién ahora me entero que formó parte del jurado que le concedió el Premio Nacional de Periodismo postmortem a Hugo Chávez... Cómo lamento este tiempo tan cruel que pone pruebas tan duras a la amistad.

Soy periodista por todo lo que aprendí de Olga Dragnic, Ella permanece en las enseñanzas que heredé y que transmito a mis alumnos, mis futuros colegas, como siempre les digo.

Manifiesto de las tres generaciones

  ESTE TEXTO QUE AHORA LES PRESENTO ES APÓCRIFO. En los ultimos diez años, no pocas manos lo han compuesto. No tiene autor, lo cual quiere d...