miércoles, 18 de marzo de 2026

Manifiesto de las tres generaciones

 

Elaborado con Canvas IA

 Hay tres generaciones de venezolanos en las calles de Venezuela y del mundo, luchando por el futuro; un futuro que una burocracia secuestró, pero que estamos empeñados en recuperar por nosotros, por nuestros hermanos, por nuestros padres y para nuestros hijos.

En Venezuela el futuro es una construcción que cambia cada instante, hasta el momento en que logramos fijarlo en un curso más allá de las contingencias. Nos descubrimos un país de migrantes, no de ahora sino de hace un siglo, cuando siguiendo las fantasmagorías de la renta petrolera, abandonamos las siembras y nos mudamos a ciudades y campos petroleros, donde engrosamos las periferias y constituimos guetos, por la poca disposición que con nosotros tuvieron las comunidades de acogida; y es que hace un siglo, migrar del campo a la ciudad era como ir de un país a otro, sorteando la ficción de una jurisdicción que, creímos, era la de un estado nacional: en los márgenes de rancherías y casas sin friso conocimos, en democracia, la misma xenofobia que padecieron nuestros ancestros.

En Venezuela es un desafío fijarle un curso seguro al futuro. Ciento cincuenta años de modernización incompleta y casi setenta de república liberal democrática constituida por un pacto de conciliación de élites, muestran un balance con saldos en rojo. Nuestros abuelos emigraron desde el campo, desde el viejo mundo destruido por las guerras, escapando a las terribles dictaduras sureñas o a la guerra civil nunca declarada de Colombia que ya dura 80 años, buscando la modernidad. Las ciudades no acogieron a todos y se formó una brecha entre nosotros, como pueblo, que algunos vieron como cosa normal que no valía la pena corregir, porque obedecía a imperativos de la naturaleza. Setenta años después, 8 millones de venezolanos de tres generaciones no pasan del primer año de bachillerato, por cada hombre empleado hay dos mujeres desempleadas, mientras que 3 millones de profesionales universitarios han migrado, llevándose consigo sus frustraciones, al igual que sus esperanzas de proseguir la búsqueda de la modernidad familiar. Hoy contamos con comunidades de venezolanos en todos los continentes, carentes de una identidad de la que todos nos podamos apropiar, que permitan consolidarnos como una verdadera comunidad capaz de afrontar los retos de un pueblo que lucha por encontrar – por encontrarse en- su tierra prometida.

Sin embargo, solemos decir que venimos del futuro, como un recordatorio a las comunidades que nos reciben, de que el presente es el futuro del futuro y que el realismo sin tiempo, hecho de matemáticas, auctorictas y sesgos de confirmación, nos impide saber que no sabemos, a la vez que nos condena a morir por la causa de las zonas de confort.

Una visión de un futuro posible nos ha mostrado a pranes constituidos en bando, que han constituido un Estado dentro del Estado y han organizado un régimen casi feudal, controlando el país desde cárceles y periferias, bajo el visto bueno de los burócratas; su futuro es la fragmentación del territorio, su balcanización y el señorío de las mafias que controlan el gueto de migrantes, aquí en el territorio o doquiera que vayamos. El pran es el nuevo caudillo que no antagoniza ni a los institucionalizados ni a los burócratas ni a los corporativistas que hacen la guerra de cuarta generación, porque de ellos se inspira, con ellos se asocia, a ellos sirve.  

Somos sobrevivientes de una guerra de cuarta generación, que ha transcurrido principalmente en nuestras mentes y que le muestra al mundo nuevas formas de dominación cada vez más sutiles. A la pugna de bandos luego sucedió la migración forzada constituida como ejercicio de ingeniería social, en respuesta a una Emergencia Humanitaria Compleja generada por la prolongación en el tiempo de un conflicto político que no se ha resuelto, como en las guerras convencionales, por el predominio de un bando sobre otro. La tiranía de la burocracia ha explorado hasta dónde puede estirarse la idea de democracia sin romperse, para usarla como coartada de una política de hechos consumados, como argumento para el abandono, como bandera para el campo de concentración; entretanto, una nueva conflagración mundial inicia y Venezuela que se debatía entre la declaratoria de país forajido o volver a ser un proveedor energético confiable de Occidente, para lo cual la decisión parece regresar en el tiempo a las condiciones políticas y económicas de 1943, cuando se decidió el destino de la renta petrolera, dedicándola a financiar el consumo, no la producción.

Podemos entender que una parte de la comunidad internacional haya visto con buenos ojos la Revolución bolivariana, porque no supuso una conflagración abierta, sino una hegemonía abocada a cambiar el modo de producción; porque hubo propaganda exitosa que jugó a recordarle al mundo los valores liberales, desde una izquierda de la periferia que ganó adeptos entre quienes quisieron ver en el proceso sus propias aspiraciones antes que las realidades. Pero la verdad de los hechos nos muestra que la supuesta vanguardia revolucionaria devino en corrupta burocracia, primero, en ominosa tiranía después, cometiendo desmanes aún peores que aquellos que denunciara desde su insurgencia original, en 1992. La corrupción de la tiranía va más allá de disponer de los bienes de la República como si fueran propios, se ha cebado en envilecer a todos los ciudadanos, convirtiendo en hecho delictivo cualquier trato con el estado, volviéndonos una sociedad de cómplices hasta la exasperación, banalizando el mal de forma sistemática y cotidiana, instalándonos la desesperanza aprendida, obligándonos a huir, al exterior, o al insilio, dentro de cada quien; así, ha hecho que nuestra interioridad se vuelva pequeña, seamos menos gente y resulte más fácil el que nos temamos unos a otros para justificarles el control.

La política de hechos consumados nos trajo a un desenlace poco previsible, donde el enemigo de vuelve aliado, donde el perdón antecede a la justicia, donde la hegemonía revolucionaria cede a un programa sostenido de reformas y donde ha surgido, nuevamente, la oportunidad de fijar el curso hacia un futuro común.

Nuestro futuro dependerá, entonces, de las decisiones que tomemos en nuestro presente. Si la burocracia halló continuidad entre la guerra y la política, para arrogarse un ejercicio de la soberanía que no le corresponde, si en nombre de este ejercicio elaboró una catástrofe para instaurar su tiranía, hoy le toca al pueblo reconstruirse frente a este simulacro de un destino, le toca a la clase política hacerse hábil en rebeldía y en institucionalidad, para impulsar los cambios necesarios a partir de un diagnóstico consensuado que vaya más allá de lo inmediato, dé cuenta de la profundidad y extensión histórica de la crisis venezolana y obligue a soluciones estructurales, a apuestas serias por la innovación de cara a la reconstrucción; a la dirigencia, a elevar la calidad de sus decisiones, y a la sociedad civil, a generar una hoja de ruta que contemple compromisos intergeneracionales, como padres, madres, hermanos e hijos que somos. Estos compromisos deberán reunir nuestras aspiraciones personales con la creación de una comunidad que conciba al país como la casa de todos; compromisos que deben constituir acuerdos entre nosotros, que podamos sostener en el tiempo y que permitan orientar la política que se haga en lo sucesivo, en favor de un nuevo proyecto histórico, de un horizonte compartido como nación.

Estos son compromisos que tres generaciones podemos asumir como principio virtuoso de nuestra nación en reconstrucción:

1.MODERNIDAD PARA TODOS

Los países entienden a la modernidad como civilización y se incorporan a ella mediante procesos de modernización. Nuestro intento de conciliar el patrimonio de nuestras tradiciones con las novedades de la época dejó por fuera a varias generaciones de venezolanos y proyectó al presente viejos vicios jamás erradicados, como el racismo, el clasismo u otras formas de segregación. El pensamiento político de las élites venezolanas naturalizó la diferencia instalando el prejuicio expresado en la idea de que el pueblo no tiene como darse su propio gobierno por tanto es menester gobernar por él, pero no con él.

Debemos construir una visión de sociedad plural y pluralista, que no ceda a los cantos de sirena de las soluciones únicas, fáciles o prácticas, que garantizan a los liderazgos voluntaristas que no haya razones políticas eficaces para argumentarlas contra la voluntad política o la autoridad del cargo. Debemos construir una sociedad con racionalidad suficiente para que la ciudadanía pueda deliberar y ponerse de acuerdo en aspectos del gobierno de la República, delegando en los representantes la decisión, pero no la supervisión de lo que hacen.

2. UNA NACIONALIDAD SIN MITOS

En la nación, que es la casa de todos, los mitos fundacionales tienen utilidad educativa, no se usan para legitimar abusos en nombre de la soberanía. Nos recuerdan el pasado que fue, el origen, y no configuran una identidad exclusiva, que pretenda convertirse en una esencia, objeto devocional de una religión de estado.

El realismo mágico de la noción de Estado y los elementos de las virtudes que lo constituyen, deben estar desligados de compromisos antagónicos a las tradiciones democráticas, civilistas y liberales de los padres y abuelos fundadores de la venezolanidad. El mito del gendarme necesario, el neocaudillismo habilitado en mafias, burocracias y tecnocracias; la aceptación, como necesarios, de la democracia de la exclusión o del socialismo de la salvación; deben ser superados por una visión de Estado de derecho hecho de sentido común, que no pueda servir para conculcar la voluntad general. Somos padres, madres, hermanos e hijos, continuadores de las generaciones que traman sus vidas en una casa común. Somos lo que hacemos, y merecemos poder hacer más para ser más.

3. UNA NUEVA SENSIBILIDAD COMÚN

Las formas antiguas de construir la nacionalidad llevaban a asumirla como una identidad postiza, más producto de la propaganda que de la actualización viva de los saberes ancestrales, patrimoniales. Las fallas del estado docente durante la modernización, unidas a una insuficiente promoción de la cultura como dispositivo de sensibilidad generaron un modo de ser de escasa sensibilidad y subjetividad que opera con una limitada capacidad para dar valor.

En la nación, que es la casa de todos, el gusto se educa, el patrimonio se enseña y la sensibilidad se cultiva para que haya ciudadanos con suficiente amor propio, capaces de hacer buen uso público de la razón.

4. UN ESTADO AJUSTADO A LA CIUDADANÍA

Si vamos a construir la nación como casa de todos, es necesario garantizar que la participación ciudadana tenga efectos de gobierno, para lo cual es necesario transformar el Estado.

El Estado que administra la República no puede seguir siendo, como hasta ahora, centralista, presidencialista y con reelección indefinida para los cargos ejecutivos, porque ello perpetúa en el presente los males heredados de los caudillos, disimulados, ahora, en el voluntarismo de los liderazgos personalistas y en la obsecuencia del funcionariado. Como padres, madres, hermanos e hijos podemos aspirar a que, con la reforma del Estado, la distancia entre los ciudadanos y sus representantes tome la escala correcta: ni demasiada como para que los representantes consideren a los ciudadanos como súbditos, ni muy poca como para que el margen de la deliberación y el de administración se confundan, dejando espacio para tiranías y corrupciones.

Una nación que se regenera y quiere sanar heridas deberá procurar transitar por el largo camino de la construcción de la confianza en sus instituciones, reconociendo un pasado que fue pero que no puede seguir siendo horizonte para responder a los retos del presente. El nuevo sentido de Estado debe estar marcado por profundos pilares republicanos que se sustraigan de todo riesgo de corporativización; la profesionalización y promoción de la política con arraigo vocacional permitirá apostar por servidores públicos que garanticen la firmeza gubernamental y la estabilidad del hilo constitucional.

Con la adecuada reforma del Estado, la nación puede articularse más y mejor en su acción política y el ciudadano puede tomar el protagonismo que le corresponde, de forma mucho más orgánica, legítima y justa, que bajo una idea de soberanía que hasta ahora nos ha obligado a vivir fuera de nuestro propio cuerpo: en el cuerpo de los antiguos soberanos que no logran desaparecer del todo en la multitud de los hombres concretos.

5. NUEVAS FORMAS DE HACER POLÍTICA

En la nación, que es la casa de todos, los partidos políticos organizan la política electoral y proponen representantes y agendas de trabajo para los cargos de representación popular; las sociedades intermedias agrupan los intereses de gremios, sindicatos y demás corporaciones de la vida del trabajo, sin ser cooptados por los partidos; las organizaciones de la sociedad civil desarrollan activismo enfocado en temas de interés público; y ello es posible, porque las formas de agregación ponen en primer plano las comunidades de práctica, sus saberes y haceres antes que las leyes, normas y deberes. La gobernabilidad democrática es posible porque cualquiera puede ventilar públicamente los temas de interés común y someterlos a la deliberación de ciudadanos y representantes, porque la política es servicio antes que un mero ejercicio de poder y la democracia es una forma de vida antes que una forma de gobierno.

La repolitización necesaria de nuestra sociedad requiere apostarle a la inteligencia colectiva, rescatar la memoria histórica, animar la participación de los ciudadanos en el espacio público intersubjetivo y rescatar la confianza para que la opinión pública restituya a las comunidades negadas por la simetría de las racionalidades limitadas que reducen el valor de la condición humana a la mera estimación de la utilidad de su conducta. Especialmente, debemos discernir el sentido de esperanza que surge en nuestros jóvenes, comprendiendo sus realidades, apostando desde ellos, por cada generación que sigue luchando día a día; y, asimismo, compartir sentido de humanidad en total apertura hacia el otro, con solidaria solicitud con los más frágiles, entendiendo el sentido humanizador que tiene acompañar la construcción de proyectos de vida con aptitud ciudadana. Desde nuestra vocación democrática nos corresponde llegar a los márgenes de las periferias, y salir al encuentro de los jóvenes, articulando el encuentro de los separados y el reconocimiento de los diferentes, para que nunca se olvide que somos una comunidad.

6. EDUCACIÓN SOLIDARIA PARA CERRAR LA BRECHA SOCIAL

Si queremos construir una nación de iguales, no podemos mantener la principal fuente de inequidades que es la diferencia en años de escolaridad. Cada uno de nosotros debe enseñar a quien no sabe, de manera solidaria, para que aquellos que no tengan escolaridad aprendan y agreguen su saber hacer y así puedan empoderar sus proyectos de vida y desde ellos, construir la casa común.

La educación solidaria traerá capacidades para el empleo y el emprendimiento, pero principalmente permitirá generar confianza para restituir el tejido social, deteriorado por décadas de abandono y por la guerra que la burocracia le ha planteado al país. La educación solidaria podrá generar acuerdos en las comunidades, para cerrar las brechas que la exclusión abrió, pero que el modelaje negativo de la delincuencia profundizó. Si queremos justicia y paz, ni una ni otra pueden imponerse sino construirse desde el reconocimiento de un repertorio de significados compartidos. La formación de nuevos docentes y la actualización profesional del cuerpo magisterial requerirá la elaboración de nuevas políticas educativas que permitan alcanzar una educación de calidad con competencias y estándares internacionales, con sentido humanizador, enfocada en el dominio de habilidades blandas, pero supervisada y coordinada por las comunidades de una sociedad que se concibe a sí misma como educadora.

7. UNA ECONOMÍA BASADA EN EL TRABAJO

En el país, que es la casa de todos, cada quien vive de su trabajo, empodera su proyecto de vida, sostiene su hogar y paga sus impuestos con los cuales capitaliza a la República y dota al estado de recursos para garantizar derechos y prestar servicios de forma tal de no comprometer el patrimonio de las generaciones futuras.

Para que esto sea así, padres, madres, hijos y hermanos deberán garantizar que se dé fin al estado rentista, se desmonte la cultura del rentismo y se cambie la concepción de que la renta es un derecho soberano del pueblo; para propiciar políticas que abaraten el costo del empleo, garanticen buenos servicios de educación, salud y seguridad social con cobertura universal, incentiven el ahorro interno, la competitividad y la complejidad económica; garanticen la propiedad privada y racionalicen el lucro. Y todo ello motorizado por una concepción que permita ver a la economía y la moral como continuidades en la forma de crear valor a lo interno de la comunidad, porque uno y otro deben ser expresiones de amor propio antes que codicia desalmada.

8. OTRA MANERA DE ESTAR EN EL MUNDO

Para el país, que es la casa de todos, la orientación de la política exterior debe trascender los enfoques históricos, y ubicarse en un cambio de época que pone en tensión tres factores en el marco civilizatorio: la crisis de la globalización liberal, los desafíos de jurisdicción al sistema de los estados nacionales y sus instancias de gobierno y la emergencia de la sociedad del conocimiento. Estas tensiones realinearán a los actores de la geopolítica mundial y en este marco, el país deberá hacer mucho más que una diplomacia petrolera si quiere transformar eficazmente su modelo económico e insertar positivamente al país en el concierto de las naciones.

Debemos configurar una diplomacia de paz que propugne los principales ideales cívicos, dé garantías a los derechos humanos y se plante firme ante las actitudes despóticas de los gobiernos locales del mundo, con el fin de garantizar la promoción de los ideales democráticos. 

9. UNA NACIÓN EN LA DISPERSIÓN

La diáspora venezolana nos ha colocado en la situación de poder aprender a ser nación fuera del territorio, a construir comunidades que comparten identidad y modos a lo interno de una nación extranjera.

Como quiera que el proceso para construir el país que es la casa de todos no implique el retorno inmediato de los desplazados al territorio, será necesario construir las estructuras que les permitan participar activamente, como padres, madres, hijos y hermanos que también son. Apostar por las comunidades de venezolanos más allá de las fronteras patrias requiere un interés de carácter nacional pues, en la medida en que se puedan fortalecer sus mecanismos de cuidado y una cultura del buen trato entre conciudadanos, los venezolanos en el extranjero podrán caminar con mayor firmeza y posibilidad de éxito en los diferentes lugares del orbe donde se establezcan, a la vez que contribuyendo a construir el futuro de la nación, ahora, como venezolanos de ultramar.

10. UNA SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO

Para tener el país, que es la casa de todos, el Estado debe depender de la sociedad y no al revés. La fortaleza de la sociedad vendrá dada por la mayor cantidad de conocimiento de calidad disponible a lo interno de esa sociedad; conocimiento que permitirá deliberar eficazmente, generar una economía compleja, competitiva y justa, con lo cual los proyectos de vida sean empoderados desde la solidaridad de una sociedad que preserva sus vínculos internos.

ESTOS SON LOS COMPROMISOS que tres generaciones podemos asumir, para transformar nuestro destino y construir el país que es la casa de todos. Constituyen una razón, un propósito, para que aquellos que están dispersos unan sus fuerzas para ganar. Son ideas, pero quieren ser ideas-fuerza que contribuyan a darle forma a la reconstrucción. Con esa esperanza invitamos a todos a discutir estas ideas y a institucionalizarlas como agenda en organizaciones políticas, en el cuerpo castrense y en la Sociedad Civil.