MAMÁ FUE UNA GRAN MUJER, no porque me lo haya dicho mucha gente, o porque fuera mi mamá, sino porque efectivamente lo fue.
Nació en Ragonvalia
-nombre compuesto a partir del de Ramon González Valencia, general de la guerra
de los mil días, en el norte de Santander; Hernando Trak, el papá de Isabela y tío
abuelo de Yasmín y Juancho Trak, estuvo exilado allí, pero Isabela siempre creyó
que era un invento de su papá, como el tratado de Neerlandia del Gabo, que
resulta que sí tuvo lugar. Mi bisabuelo, coronel liberal en Chitagá, mi abuelo,
maestro de obras -liberal- en Ragonvalia; con la muerte de Gaitán tuvieron que
venirse antes de que la turba conservadora -sus vecinos- los asesinara, y cruzaron
el río Táchira, hasta Delicias, donde se levantaron.
Mamá era
ingeniosa desde muy pequeña, la mayor de tres hermanas, siempre al pie de mi
abuelo. Largo cabello trenzado, brillantes ojos verdes, voluntariosa, de carácter,
un poco bruja, amaba cantar y bailar y estaba hecha para la fiesta. Entre Delicias,
San Antonio del Táchira y Rubio transcurrió su adolescencia; allí conoció a mi
papá en el Centro Internacional de Educación Rural, donde ella se formaba para
maestra; profesor de geografía e historia, llanero, luego supervisor nacional
de educación rural. Se casaron en 1962, yo demoraría siete años en llegar, y después
nadie más.
Vivíamos en El
valle, en Los jardines, en el piso 17 de un edificio alto cuyas ventanas daban
a la autopista. Aprendí a leer con mi mamá mientras ella le enseñaba a una
muchacha que se había traído de los andes para que la apoyara con la casa,
usando el libro de alfabetización de adultos, abajo cadenas. Ella hizo de mi un
lector, pues si bien no estudió sino hasta segundo año, fue una lectora
infatigable, comentarista de sus lecturas, escritora ella también, de canciones
y cuentos. Ama de casa rigurosa con la economía; innovadora en las maneras de
resolver problemas domésticos con lo que hay; impulsora de los emprendimientos
de mi papá, que no hacía pescaditos de oro sino muebles de mimbre primero y
productos de limpieza después, cuando descubrió que jubilarse daba lugar a una
segunda vida. Vivimos después en Maracay, en una casa en la vega del rio El castaño a la
que he regresado en sueños algunas veces y donde fuimos felices. Allí era rito
la conferencia después del almuerzo, una conversación sobre cualquier tema del
conocimiento, como si fuera un refectorio y mamá una abadesa. Allí formé mi
espíritu crítico, mi modo de ser disidente: Camburito era Castalia y yo no he hecho más que construir abalorios.
Pero no siempre fue
así; hubo una aventura de negocio que salió mal y nos vimos regentando un
abasto en Ureña, Estado Táchira para recuperarnos. El demandante trabajo nos
mermó la salud a todos, pero nos permitió recuperar capital y regresar a
Maracay.
Mamá vivía inventado
actividades qué hacer con sus vecinas – amigas en Camburito: deportes,
manualidades, cuánto más. Descubrió el Taichí a finales de los 90, en una
academia en Maracay más filosófica que deportiva. Cuando me casé, Maracay se me
puso lejos y ellos decidieron vender y venirse para San Antonio de los Altos,
compraron un apartamento y se dedicaron a salir de paseo, como de vacaciones,
hasta que nació Sarita y nos apoyaron con su crianza temprana, que alternaban
con las actividades del taichí, del teatro, del club del abuelo, la bailoterapia,
con las amigas. Después vendieron el apartamento y compramos Fin de Mundo y
cuando papá cumplió su ciclo, mamá lo sobrevivió 12 años, con dignidad.
A mamá la diagnosticaron
con diabetes luego de la muerte de mi abuela, por el mismo mal, a los 70 años. Tuvo
una hernia en la columna en la región cervical que ameritó operación. Hizo una
peritonitis por perforación de un divertículo que ameritó colostomía y posterior
reconexión. Pero lo que la hizo completar su ciclo fue un carcinoma de células
basales en la región axilar, que tuvo recidiva e hizo metástasis y con el cual
estuvo tres años y se le operó tres veces. Y en ese tiempo no dejó de practicar
abanico, preparándose para un pase de cinta en taichí, no dejó de celebrar la graduación
de bachiller de Sarita, de convertirse en el alma de la fiesta y de volverse
viral en redes cuando los chamos la animaban gritando “hasta abajo” “la abuela”
y ella celebraba haber vivido para ver.
Cerca del fin del
ciclo, una tarde, me dijo que estaba orgullosa de mí.
-Y yo de ti mamá –
le dije, disimulando una lágrima.
Partió el lunes 8
de julio, dormida, como siempre pidió.
Yo apenas hoy
tengo algo de cabeza para escribir estas líneas con las que intento rendir
homenaje e informar el suceso. Para la misa seleccioné un pasaje de las Confesiones
de San Agustín que me pareció elocuente de lo que yo sentía, había pasado con
mamá:
“Señor Dios, danos la paz, puesto que nos has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz que no tiene tarde. Porque todo este orden hermosísimo de cosas muy buenas, terminados sus fines, ha de pasar; y por eso se hizo en ellas mañana y tarde. Mas el día séptimo no tiene tarde, ni tiene ocaso, porque lo santificaste para que durase eternamente, a fin de que, así como tú descansaste el día séptimo después de tantas obras sumamente buenas como hiciste, aunque las hiciste estando quieto, así la voz de tu Libro nos advierte que también nosotros, después de nuestras obras, muy buenas, porque tú nos las has donado, descansaremos en ti el sábado de la vida eterna.”
Así
descansaremos, después de ser juzgados en amor. Así descansa ella, en la vida
de recuerdos atesorados. No tengo más que agradecimiento por haberla
tenido. No tengo más que un enamorado agradecimiento para con Belkis: fue una verdadera hija para mi madre. No tengo más que un absoluto agradecimiento para todos aquéllos que en estos tres años de lidia con la enfermedad, nos apoyaron generosamente. Sé que su memoria es una bendición para las generaciones de mi casa,
empezando con Sarita Leonor, su nieta, que lleva su nombre.